Mostrando entradas con la etiqueta joshua ferris. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta joshua ferris. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de agosto de 2010

'Entonces llegamos al final' de Joshua Ferris




“Entonces llegamos al final”, el debut de Joshua Ferris, se desarrolla en una agencia de publicidad en plena regresión económica. Empieza a faltar el trabajo y a haber despidos, los empleados se ponen nerviosos y parece que la única salida que tienen es reunirse en despachos, esquinas o cubículos poco frecuentados por sus superiores para dedicarse al chismorreo. Uno de los empleados de la agencia es Hank Neary, un aspirante a escritor, que se viste con chaquetas de pana y coderas como si fuera una parodia de un profesor de literatura. Este personaje está escribiendo una novela “pequeña” e “irada” sobre el lugar de trabajo. Sus compañeros no entienden por qué se ha decantado por un tema tan poco atrayente y él les intenta explicar que nos pasamos más de media vida en el trabajo, que compartimos la mitad de nuestra existencia con personas de las que en el fondo no sabemos nada. Sabemos que Marcia lleva un peinado ridículamente pasado de moda y escucha música infumable, que Benny es judío y tiene un talento especial para explicar anécdotas, que Jim es socialmente torpe y siempre acaba siendo el chivo expiatorio de la oficina, que Tom Mota lee a Ralph Waldo Emerson y que se toma dos martines durante la comida y luego empieza a despotricar contra todo, etc. Pero en realidad no sabemos nada de ellos.


La novela de Joshua Ferris no acaba siendo ni pequeña ni irada. Es un libro eminentemente humorístico, pero el autor es plenamente consciente de que ser una novela de humor no quiere decir ser una obra pequeña. “Entonces llegamos al final” es una novela seria, con más profundidad de lo que deja a entender la contracubierta. Tampoco es una novela irada, el humor nunca es satírico ni agresivo, es más bien entre ácido y amargo, con cierto toque de melancolía. La característica que sin duda más llama la atención de “Entonces llegamos al final” es que está escrita en primera persona del plural, un recurso que muchas veces suele acabar en un fracaso total, pero que aquí funciona a la perfección, ya que se trata de dar una voz colectiva a un grupo de empleados que no se pueden distinguir los unos de los otros, con las mismas preocupaciones, un conformismo idéntico, y un desprecio igual por cosas como el café de máquina, los calendarios y las manejas del reloj.

Sin embargo, no es una novela sólo para los que trabajan en una oficina, o los seguidores de las tiras cómicas de Dilbert o la serie “The Office”, es un libro para todos los que sepan lo que es trabajar con otras personas, sentirse frustrado por el trabajo y a la vez temer perderlo. Es extrañamente conmovedor ver como Carl Garbedian cae en una depresión pero se niega a aceptarlo, como Chris Yop al perder su trabajo pasa de la negación a la ira pero nunca llega a la aceptación, o bien como Tom Mota parece que está perdiendo la poca razón que tenía hasta el punto que nos preguntamos si será capaz de cometer una locura. Es una novela sobre personajes que se hunden e intentan salvarse como pueden. Es muy divertida, pero a veces también es conmovedoramente triste. Es una obra arriesgada, original, incisiva e inteligente, con un estilo que se asemeja a las muñecas rusas, porque sin llegar a confundir nunca el lector hay conversaciones sobre conversaciones que tratan de otras conversaciones. Joshua Ferris, con gran maestría, nos narra historias dentro de historias, que a la vez están dentro de historias, y nos implica de una forma íntima y especial en este relato, nos convierte en uno más de los empleados de esta oficina y cuando el libro se termina sentimos una cierta nostalgia porque ya no volveremos a saber de estos personajes.


martes, 15 de junio de 2010

Teaser Tuesday: 'Entonces llegamos al final'


Estábamos malhumorados y demasiado bien pagados. Nuestras mañanas carecían de alicientes. Quienes fumábamos por lo menos teníamos algo que esperar a las diez y cuarto. A la mayoría nos caía bien casi todo el mundo, unos pocos detestábamos a determinadas personas, a uno o dos les gustaba todo, querían a todos y por eso eran objeto del unánime vilipendio. Nos encantaban los bollos que, de tarde en tarde, nos daban gratis por la mañana. Nuestros privilegios eran asombrosos por su cobertura y calidad. A veces nos preguntábamos si merecían la pena. Pensábamos que quizá sería mejor marcharnos a la India, o volver al parvulario. Hacer algo con los disminuidos físicos o trabajar con las manos. Nadie se dejó llevar jamás por tales impulsos, pese a sus crispaciones cotidianas, en ocasiones constantes. En lugar de eso, nos reuníamos en salas de conferencias para hablar de los asuntos de la jornada.

En general, nos llegaban tareas que hacíamos a tiempo y de manera profesional. A veces se producían cagadas. Errores de impresión, cambios en el orden de las cifras. Nuestro negocio era la publicidad y los detalles eran muy importantes. Si el tercer número tras el segundo guión del número telefónico gratuito de un cliente era un seis en vez del ocho que aparecía impreso en la revista Time, nadie que hubiera leído el anuncio habría podido llamar y hacer su pedido. No importaba que pudieran consultar la página web, nos quedábamos sin cobrar el anuncio. ¿Te aburre ya lo que estoy contando? A nosotros nos aburría a diario. Nuestro hastío era permanente, un hastío colectivo que no moriría jamás porque nosotros no moriríamos jamás.

'Entonces llegamos al final' de Joshua Ferris (pp. 9-10)
(Traducción: Jordi Fibla)