¿Os ha pasado que alguna vez un libro os cae tan bien que
desearíais que fuera mejor? A mí sí. Muchas veces. Ésta es una de ellas. El
título original de ‘Cooper o las soledades elementales’ (que es tan vago que no
dice nada) en realidad es ‘L’homme-soeur’, que a mí me parece que describe
mucho mejor de qué va la obra. El tema de la novela es ni más ni menos que el
incesto. O si lo preferís, el amor patológico que raya la obsesión y que nunca
podrá ser consumado. El protagonista se llama Cooper y es un hombre gris con
una vida gris que se dedica a esperar pacientemente a su hermana. Su hermana se
dedica a hacer su vida, allá por las Américas, sin pensar mucho en él, pero
Cooper está convencido de que su momento llegará. Y llegados a este punto
conviene preguntarse si Cooper es desgraciado y misántropo porque ha tenido la
desdicha de enamorarse de su hermana, o bien si ha elegido (más o menos a
propósito) una pasión no consumable porque ya de entrada era infeliz y asocial.
No sé si será porque estaba influida por la traducción del
título, pero lo cierto es que la novela me ha hecho pensar un poco en Michel
Houellebecq, pero no el de ‘Las partículas elementales, sino el de ‘Ampliación
del campo de batalla’. Y es que Lapeyre describe la vida rutinaria de un
oficinista solitario que no encaja en ninguna parte. Pero el humor y el estilo
me han recordado a los de Vladimir Nabokov, pero no tanto el de ‘Lolita’, sino
más bien el de ‘Pnin’. Y es que el narrador en tercera persona tiene este mismo
aire distanciado e irónico. Además, salvando las distancias (que son enormes),
Lapeyre también pretende jugar con la belleza y la poesía de las palabras, un
poco como lo hace Nabokov (repito: salvando las distancias, que son enormes,
porque nadie puede dominar el lenguaje como Vladimir).
Sí, tanto el tema como la trama, tanto el humor como el
estilo, me gustan, pero aún así tengo la sensación que no acaba de funcionar.
Creo que el mayor problema es que se alarga, se alarga mucho, se vuelve
repetitiva, da vueltas sobre si misma y no avanza ni profundiza, se estanca, se
vuelve previsible. Y es una lástima, porque el punto de partida prometía tanto.
Empieza bien y Patrick Lapeyre sabe escribir, pero le falta algo, o quizás le
sobra algo. Y aún así, el libro me cae muy bien porque, a pesar de no ser ni
perfecto ni redondo, se arriesga, coge un tema problemático, poco explorado en
esta vertiente concreta, y lo enfoca de una forma original, interesante, sin
moralinas ni pretensiones, como si la literatura fuera un juego, pero un juego
serio, que es lo que es.