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viernes, 12 de noviembre de 2010

'Cita en Samarra' de John O'Hara


“Cita en Samarra” es la primera novela de John O’Hara, autor de la misma generación que Ernest Hemingway y Francis Scout Fitzgerald, escritores que también se encuentran entre los fans declarados de esta obra que fue escrita en menos de cuatro meses. “Cita en Samarra” se ambienta en un pequeño pueblo de Pensilvania durante las Navidades de 1930 y narra el proceso de autodestrucción al cual se deja arrastrar Julian English, un hombre de treinta años perteneciente a la alta sociedad local y que en apariencia lo tiene todo: una guapa mujer que le quiere y una posición privilegiada totalmente estable. Pero cuando decide tirar la bebida a la cara de un pez gordo al que medio pueblo (incluido el propio Julian English) debe dinero, solamente porque ya no aguanta más sus chistes, los acontecimientos se precipitan y lo que podría ser una anécdota sin importancia se va engrandeciendo como una bola de nieve bajando por una pendiente. Lo curioso es que el incidente que da pie a la novela sucede en una elipsis y sólo vemos el momento previo en el que Julian fantasea con la idea de arrojarle la bebida a la cara del pez gordo local y los momentos posteriores en que todo el mundo cotillea sobre lo que ha sucedido.

Hay mucho de autobiográfico en “Cita en Samarra”: el pueblo ficticio (Gibbsville) es una recreación del pueblo natal de John O’Hara (Pottsville) y el protagonista tiene mucho del propio autor ya que, por ejemplo, los dos son hijos de un médico estricto y distante, decepcionado porque su hijo no siguió su profesión, o porque los dos son bebedores recalcitrantes. Todos los personajes son mezquinos y egoístas en un sentido u otro, es difícil compadecerlos y, aún así, se trata de una novela tan bien construida que nada importa que no nos puedan caer nada bien los personajes. A veces da la sensación que es un libro que John O’Hara escribió para pasar cuentas, con sus conciudadanos pero también consigo mismo, porque no deja de haber cierta dosis de autoflagelación, especialmente en lo que se refiere a la relación con su mujer y su alcoholismo.

Toda la novela (salvo algunos flashbacks puntuales que sirven para explicar mejor a los personajes) sucede en apenas 48 horas, las que van de la Nochebuena a la noche del día de San Esteban. Y, aunque sólo sean 48 horas y el protagonista sea Julian English, John O’Hara es capaz de hacernos un retrato minucioso y concienzudo de toda una sociedad y toda una época. Todos los personajes que se cruzan con Julian en la novela tienen su propia novela detrás, de la cual se nos cuenta el argumento en forma de sinopsis pero no los detalles. Incluso las mujeres tienen su vida más allá de los hombres y también sus propios deseos sexuales, por más que la buena sociedad intente encorsetarlas en unos rígidos arquetipos. Ni siquiera los secundarios que salen en una sola escena son simples figurantes sino personas con su propia existencia. Uno tiene la sensación de que John O’Hara podría haber centrado su novela en cualquiera de ellos y le hubiera salido tan rica y compleja como la que se desarrolla alrededor de Julian English.

Estamos en 1930 y, aunque la Gran Depresión está empezando, aún hay lugar para fiestas y bailes constantes, clubes de campo elitistas, alcohol a raudales y una veneración casi fetichista por los automóviles como signo de prosperidad. Y como estamos en 1930, no puede faltar misoginia, racismo, antisemitismo, homofobia y prejuicios de clase. En “Cita en Samarra”, John O’Hara crea todo un mundo, con su jerarquía social férreamente organizada y prácticamente inamovible, una jerarquía no tan distinta a la que también rige la mafia local, que también es retratada en esta novela que es tan rica que parece que nunca pueda llegar a agotarse.


martes, 24 de agosto de 2010

Teaser Tuesday: 'Cita en Samarra'




A cualquier hombre que aceptara la invitación a cenar se le asignaba una mujer o una chica. La costumbre era que los solteros sin compromiso aceptaran la invitación a la cena entregando su tarjeta, y luego telefonearan a la anfitriona y le preguntaran si debían llevar pareja a la cena. Todo se concertaba de antemano de manera mucho más sutil de lo que podría imaginarse. Había algunas chicas poco agraciadas a las que había que invitar a muchas fiestas y las anfitrionas daban por sentado que ciertos hombres debían prestarse a acompañarlas durante la cena. Pero todas las anfitrionas daban también por sentado que a un hombre joven, popular y atractivo sólo debían emparejarlo con chicas populares y atractivas. Luego había otro grupo de chicas, al que pertenecía la misma Mill Ammermann, Que acudían al baile acompañadas por una pareja casada que eran amigos suyos o en compañía de un grupo de cuatro o seis. Mill, y las chicas como ella, sabían decir al milímetro cuánto bailarían cada noche y si hubieran bailado un poco más se habrían preguntado qué era lo que iba mal. Normalmente, la respuesta para las chicas como Mill era que algún marido joven se había peleado con su mujer y quería contárselo todo a Mill, que era tan buena amiga. Y tan comprensiva. Y nunca lo malinterpretaba si la achuchabas un poco. A veces, por supuesto, a Mill y las chicas como ella las achuchaban de verdad –alguien que hubiera bebido más de lo normal-. Por cruel que fuera, este sistema tenía algunas ventajas; en primer lugar, cuando una chica cumplía los veinticinco ya sabía perfectamente qué esperar de cada baile al que asistía. Sólo unas pocas chicas del tipo de Mill seguían yendo a un baile con la triste y estúpida esperanza de que aquél sería distinto de los demás. Y había otra regla no escrita ni hablada entre los hombres: si una chica de Gibbsville de éxito dudoso convencía a un hombre de fuera de la ciudad de que la acompañara a un baile del club, los hombres de Gibbsville se aseguraban de que pudiera lucirse todo lo posible. La sacaban a bailar dos veces en lugar de una; con el resultado de que todas, excepto las chicas realmente poco agraciadas, se casaban con hombres de fuera de la ciudad. Por supuesto, una vez casadas, sus días de patitos feos quedaban olvidados y perdonados y esas chicas ocupaban su lugar junto a las más populares. Pero tenían que casarse, no sólo comprometerse, daba igual que el hombre fuera un auténtico canalla, o estúpido, o mal vestido…, cualquier cosa, siempre que no fuera judío. Aunque tampoco es que ninguna chica de Gibbsville del grupo del club de campo de Lantenengo Street se hubiera casado nunca con un judío. No se habría atrevido.

“Cita en Samarra” de John O’Hara (pp.115-116)
(Traducción: Miguel Temprano)