viernes, 31 de diciembre de 2010

'Bullet Park' de John Cheever




Parece que John Cheever es más conocido como escritor de relatos y que sus novelas muchas veces son consideradas simples cuentos alargados, pero lo cierto es que el mismo John Cheever prefería ser considerado un escritor de novelas y consideraba sus cuentos casi como trabajos de encargo. ‘Bullet Park’, que es quizás la novela más conocida de Cheever, se divide claramente en dos partes: la primera está protagonizada por un hombre llamado Nailles y la segunda por otro hombre que se llama Hammer. Con dos nombres así (que suenan como clavos y martillo) parecía que estaban destinados a encontrarse. El libro empieza cuando Hammer se traslada a un barrio de los suburbios llamado Bullet Park, que es descrito por Cheever de una forma muy particular, entre mítica e irónica, consciente perfectamente de que en buena parte han sido sus obras las que han cimentado los tópicos de estos escenarios suburbanos, como las fiestas con alcohol a raudales, los monótonos viajes en tren para ir a trabajar a la ciudad y la insatisfacción reprimida.

Nailles y Hammer se encuentran por primera vez un domingo en la iglesia, porque Nailles asiste cada domingo a la iglesia, más por costumbre que por auténtica fe. Como les pasa a prácticamente todos los habitantes de Bullet Park, la vida de Nailles ha perdido cualquier sentido espiritual que podría haber tenido, pero aún así parece que en ocasiones se empeña en buscarlo, por más que no se atreve a reconocerlo en voz alta y ni siquiera a él mismo. ‘Bullet Park’ es una novela que en cierto modo parece una fábula alegórica, en ocasiones particularmente sórdida e inquietante, pero también con un punto de humor absurdo y extraño. En este sentido, no es nada gratuito que el clímax final suceda en el altar de la iglesia, donde Nailles y Hammer vuelven a encontrarse. Es entonces cuando el mal que había aparecido de improviso, sin avisar y sin nada que hubiera podido predecir su entrada en escena, es derrotado, pero aún así el final es extrañamente agridulce; las cosas volverán a ser como eran antes, sólo que en realidad ya no volverán a serlo.

Además de vecindario, Nailles y Hammer comparten un cuadro parecido de ansiedad y depresión. Para Nailles todo empieza el día en que Tony, su hijo adolescente, sin aparentemente ninguna razón, no se levanta de la cama. A partir de entonces desfilarán por la habitación de Tony una serie de médicos, especialistas e incluso un curandero, para tratar de “curarlo”. Nailles, avergonzado, dirá a todo el que se lo pregunte que lo que tiene su hijo es mononucleosis. Pero además de avergonzado, Nailles se sentirá sobre todo culpable e impotente por no poder hacer nada para ayudar a su hijo. Su ansiedad irá en aumento y ya ni el alcohol será suficiente para calmarlo, de modo que acudirá a un doctor que le recetará unas pastillas que le harán flotar en una nube de inconsciencia. Hammer, por su parte, se ha pasado media vida viajando por el mundo para huir de la desesperación, pero esta siempre ha acabado para alcanzarlo. Un día verá a través de una ventana una habitación con las paredes pintadas de amarillo y quedará convencido de que para encontrar la paz debe encontrar una habitación como aquélla. La encontrará, pero aquello no será suficiente, así que luego se convencerá de que para encontrar la paz tiene que optar por una solución mucho más radical. Y es ahí cuando decidirá ir al encuentro de Nailles, porque es el perfecto espécimen de hombre suburbano.


viernes, 24 de diciembre de 2010

¡Felices Fiestas!


¡Felices fiestas a todos los que tenéis la amabilidad de pasaros de cuando en cuando por este blog! ¡Muchas gracias por leer y comentar!





lunes, 13 de diciembre de 2010

'El diablo en el cuerpo' de Raymond Radiguet



La biografía de Raymond Radiguet es de aquellas que siempre divierte contar, porque fue el típico bohemio con un punto de escritor maldito, terriblemente precoz y que murió ridículamente joven. En el instituto pasó por un alumno mediocre y vago, así que pronto lo dejó, se quedó en casa y se dedicó a leer. Con el tiempo también dejó la casa paterna y se dedicó a vivir la vida bohemia. Fue protegido de Jean Cocteau y murió a los veinte años, pero ya había tenido tiempo de escribir un buen puñado de poemas y dos novelas, la primera de ellas fue ‘El diablo en el cuerpo’, que según parece tiene un punto de autobiográfico. ‘El diablo en el cuerpo’ narra la relación amorosa entre un chico de 16 años y una joven casada de 19, durante la primera guerra mundial, mientras el esposo de ella está en el frente. Al principio del libro el narrador nos describe una escena en que una mujer se ha vuelto loca, ha subido a un tejado y no quiere bajar para nada del mundo, a todos los que se le acercan para ayudarla les tira tejas para alejarlos, y no es difícil intuir que la escena acabará trágicamente; el protagonista lo sabe pero aún así no puede quitar los ojos de la loca encima del tejado, ya que está fascinado por la belleza entre poética y sórdida que tiene toda la escena. Algo parecido pasa con esta novela.


‘El diablo en el cuerpo’ es una novela narrada en primera persona y muy introspectiva, pero a la vez cuenta todos los hechos con un aire frío y distanciado. El nivel analítico e introvertido del libro me recuerda al ‘Adolphe’ de Benjamín Constant (que dicho sea de paso es uno de mis libros favoritos), aunque por la forma impasible e indiferente de contar los hechos parece presagiar en cierto modo ‘El extranjero’ de Albert Camus (que dicho sea de paso es otro de mis libros favoritos). No diría que se trata de una historia de amor, porque lo que siente él por ella no es amor puro y desinteresado sino simplemente vanidad recompensada, arrogancia satisfecha, posesión y celos. Lo que ella siente por él también es un sentimiento egoísta, aunque probablemente no tanto, y definitivamente está influenciado por las nociones románticas que habrá sacado de los libros. Sin embargo, no es para nada una historia romántica, por más que el final sea en cierto modo trágico, porque en lugar de pasión hay racionalidad. Es una obra realmente curiosa, original, diferente y recomendable.


lunes, 6 de diciembre de 2010

Mini-reseñas otoñales

‘Una cuestión personal’ de Kenzaburo Oé. Normalmente no soy fan de los libros que describen como un personaje se lanza a la autodestrucción. Pero hay excepciones, claro. En este caso el protagonista es un profe de segunda división de veintitantos años, dominado y acojonado por un suegro castrante, y con una mujer que acaba de tener un hijo deforme que probablemente morirá dentro de poco, pero que sí no se muere quizás sea aún peor. Por supuesto no es un personaje que se pueda admirar; es cobarde, débil, indeciso, egoísta, quejica, etc. Pero es tan real. Me gusta el aire realista (y la sordidez comedida, sin estridencias gratuitas) que tiene el descenso a los infiernos que emprende. Quizás sea porque es en parte autobiográfico, pero es un libro que me sonó sincero. Sin embargo, el final no me acabó de convencer. No por la decisión que acaba tomando (porque creo que es la que debería haber tomado) sino porque lo hace de una forma algo precipitada y encima luego nos cuela un epílogo empalagoso e innecesario. Pero el libro me gustó mucho. Me encantó su aire de pesadilla angustiante, lo apresuradamente que se suceden las escenas y la forma en que todos los hilos argumentales acaban confluyendo.



‘Queridas mías’ de Clarice Lispector. No soy ni mucho menos una experta en Clarice Lispector. Sólo he leído dos libros de relatos suyos: uno me gustó mucho (Felicidad clandestina) y el siguiente me decepcionó mucho (Lazos de familia). Aún así, cuando en la biblioteca vi este libro que está formado por las cartas que Clarice envió a sus hermanas mientras vivía en el extranjero (Italia, Suiza, Inglaterra, Washington, etc.), ya que su marido era diplomático, no me lo pensé dos veces y me lo llevé a casa. Llamadlo voyeurismo, ser cotilla, idealización romántica de cualquier tipo de correspondencia, o interés por los escritos personales de los escritores que fueron escritos sin pensar en su futura publicación. El resultado es un libro delicioso. Las cartas están llenas de amor y nostalgia. Y describen las dificultades del oficio de escritora, el desarraigo de vivir en un país extranjero, el hastío que producen las reuniones sociales, el día a día de la vida en familia, el deseo de volver a Brasil, etc. Son frescas, espontáneas, ricas y llenas de vida.



‘¡Aquí no paga nadie!’ de Dario Fo. Una obra curiosa, entretenida y divertida. Cae simpática. Es como un vodevil, pero en lugar de esconder amantes en el armario se esconden conservas y paquetes de arroz que se han robado de la tienda de comestibles porque los precios están por las nubes. Las situaciones absurdas y los malentendidos grotescos son llevados tan al límite que me hizo reír en voz alta de verdad. Aún así, su denuncia social peca de cierta ingenuidad y un idealismo impracticable. Y los personajes son bastante planos, excepto el de Juan, que en un principio parece que está del lado del gobierno y de las leyes (por más que sean injustas), pero que luego descubrimos que es todo más bien por cobardía, aunque al final, como no podría ser de otra forma en una obra tan idealista, acaba comprendiendo su error y rebelándose como el que más; sí, excesivamente ingenuo, pero bonito.



‘Un árbol crece en Brooklyn’ de Betty Smith. No está mal el libro. El principio está muy bien. Luego se vuelve algo previsible y repetitivo, pero sigue sin estar mal del todo. Eso sí, se lee muy bien, que dicen. Es sobre una niña pobre que vive en Brooklyn, se evade leyendo libros y sueña con ser un día escritora. Y es todo bastante tópico y bastante idealizado. Por ejemplo, el padre es un borracho pero de buen corazón y hay una maestra que es una solterona insatisfecha. Es todo también muy sentimental; las pasan muy canutas y a veces no hay nada que comer, pero al final, en el último momento, siempre hay algo que los salva. Aún así, las partes que hablan del amor por los libros y por la escritura están realmente bien. También me gustó la relación de la protagonista con su padre, la forma en que se quieren, pero también la relación con su madre, porque las dos son demasiado orgullosas y se parecen demasiado y, aunque se quieren, no dejan de haber malentendidos y tiranteces entre ellas. Pero es que los personajes principales todos son tan buenos y tan nobles, tan perfectos. Y luego, para rematarlo, hay ciertos tics de estilo que realmente me parecen enervantes, como lo de transcribir en primera persona los pensamientos y reflexiones de los personajes; es un recurso que me parece de vagos.



‘La tía Mame’ de Patrick Dennis. Reconozco que los libros de humor no son los que más me gustan. La comedia es probablemente el género que me gusta más en el cine, pero los libros etiquetados como “de humor” pocas veces consiguen hacerme reír. Aún así, tenía bastantes esperanzas puestas en ‘La tía Mame’. Iba de un niño huérfano que era criado por una tía excéntrica en el Nueva York de los años 20. Intuía, por el argumento, que me podía gustar. Pero me equivoqué. Las situaciones no son ni de lejos tan divertidas como esperaba, más bien oscilan entre lo predecible y lo ridículo e inverosímil. Además, los personajes son ridículamente planos y esquemáticos. Sí que la tía es un personaje excéntrico, pero lo es de una forma muy tópica. Probablemente me hubiera gustado más si se hubiera centrado en la relación entre tía y sobrino, pero de esto no hay casi nada. Es todo el rato sobre lo excéntrica y guay que es la tía. Hay también algunos prejuicios de clase y muchos aires de superioridad: se quiere hacer pasar a la tía y el sobrino como unos liberales muy enrollados pero se hace a costa de contraponerlos a otros personajes que de tan mezquinos no son creíbles. Y todo da bastante rabia.



‘El cocodril i altres narracions’ de Fiódor Dostoyevski. Mira que me gustan las novelas de Dostoyevski, pero con los cuentos no hay manera. En este volumen que pillé en la biblioteca sólo hubo uno que me pareció mínimamente interesante; los otros los termine por puro orgullo y acabé de lo más fastidiada. El que se puede decir que aún me gustó es ‘Un episodio vergonzoso’; va de un tipo de clase alta que cree en el amor al prójimo más allá de clases sociales y decide pararse en la celebración de la boda de uno de sus empleados para demostrar que él es el jefe más bueno y solidario del mundo porque es capaz de mezclarse con la gente de clase inferior a la suya. Por supuesto, los que están celebrando la boda se quedan flipando, se preguntan qué hace allí, desean que se largue y acaban entendiendo que sólo se ha presentado por vanidad, para demostrar que él es superguay. Es un relato lúcido, crítico, inteligente y con un humor sutil. Los otros cuentos también son supuestamente humorísticos, pero el humor es mucho más grueso, uno está protagonizado por un marido cornudo, otro es sobre los muertos en el cementerio que hablan y siguen siendo tan miserables y egoístas como cuando estaban vivos, y el último es sobre un tipo al que se lo traga un cocodrilo y no quiere salir de allí porque allí dentro, sin tener que hacer nada, se está de maravilla. El problema es que el humor es muy chabacano y todo es bastante burdo y tópico, impropio de Dosto. Me río más con ‘Crimen y castigo’ o ‘Los hermanos Karamazov’ que no con estos cuentos supuestamente divertidos.


martes, 30 de noviembre de 2010

Teaser Tuesday: 'Bullet Park' de John Cheever


"Nailles imaginaba el dolor y el sufrimiento como un principado situado en algún lugar, más allá de las fronteras legítimas de Europa occidental. El gobierno sería feudal, y el país, montañoso; pero nunca figuraría en su itinerario y sería desconocido para su agente de viajes. De vez en cuando recibía postales de ese lugar distante. Había, por ejemplo, una vista de la estatua de Esculapio en unos jardines públicos, con unas montañas nevadas a lo lejos y, en el reverso de la tarjeta, el siguiente mensaje: “Edna está sedada la mayor parte del tiempo y le quedan unas tres semanas de vida, pero le gustaría recibir una carta tuya.” Nailles escribía cartas amenas a los agonizantes y las enviaba por correo hacia esa remota y pintoresca capital donde los personajes del carillón del ayuntamiento estaban lisiados, donde las estatuas del parque eran los engendros que el dolor es capaz de arrancar a la imaginación, y donde el palacio había sido reconvertido en hospital y ríos de sangre espumaban bajo los arcos de los puentes. No tenía intención de viajar a ese lugar, por lo que le sorprendió y atemorizó despertar de un sueño en el que había visto, desde la ventana de un tren, aquella aterradora cadena montañosa."
‘Bullet Park’ de John Cheever (p.52)
(Traducción: Claudia Conde)


jueves, 25 de noviembre de 2010

'Sylvia' y 'De aquí para allá' de Leonard Michaels




‘Sylvia’ de Leonard Michaels es una novela autobiográfica ambientada en el Nueva York desinhibido de los años 60 y que se centra en la relación del autor con la que fue su primera mujer, una joven de pelo negro, guapa e inteligente, pero desequilibrada. La primera vez que se ven, se acuestan sin decirse prácticamente nada, y luego deciden ir a vivir juntos. Deciden ir a vivir a un apartamento de dos habitaciones. Durante el día él se dedica a intentar escribir cuentos y ella estudia clásicas en la universidad, por más que es una materia que no le atrae nada. Y luego, por la noche, se discuten y se pelean. La suya es una relación enfermiza, llena de reproches y crueldades, marcada por el deseo de herir al otro. Sin embargo, ninguno de los dos es capaz de terminarla. Es una novela que más que hechos relata emociones y sensaciones. Un punto impresionista. Es un libro duro, que tiene un punto de autoflagelación. Leonard Michaels lo escribió en su madurez, cuando habían pasado unos treinta años de los hechos que relata, pero aún así es inevitable entrever cierto sentimiento de culpa y su consiguiente deseo de expiarla.

Me gustó tanto ‘Sylvia’ que decidí comprarme los cuentos completos de Leonard Michaels que editó Lumen. He empezado por su primera recopilación de cuentos: ‘De aquí para allá’. Estos cuentos fueron escritos cuando Michaels estaba casado con su primera mujer, la misma que inspiró la novela ‘Sylvia’, y tener esto en cuenta ayuda a entenderlos mucho mejor. Se trata de unos cuentos para nada realistas, densos, exigentes, casi impenetrables. Es como una mezcla entre Donald Barthelme y Franz Kafka. Soy de las que opinan que los experimentos mejor dejarlos en el laboratorio. La literatura experimental me gusta sólo en muy contadas excepciones. Por ejemplo, si me gusta Barthelme creo que es porque ante todo lo que quiere conseguir es divertir al lector. Y creo que si me gustan los cuentos de Leonard Michaels es por todo lo contrario, porque el autor ante todo quiere transmitir una sensación de dolor y angustia al lector. Están hechos del mismo material con que se construyen las pesadillas. Son cuentos ambientados también en el Nueva York de los años 60, con sus apartamentos de dos habitaciones y sus fiestas para intelectuales pretenciosos, pero el realismo se termina aquí. Todos tratan de la violencia que hay en las relaciones humanas, entre hombres y mujeres principalmente, pero no exclusivamente. Es un libro muy compacto, al que cuesta entrar, pero una vez que lo has hecho a veces te tienes que parar para respirar de tan absorvente que es. Hay personajes que se repiten en varios cuentos, el que más se llama Phillip y parece bastante obvio que es un alter ego del escritor. Es también otro libro que parece escrito a modo de expiación. Muy pero que muy duro, claustrofóbico y angustiante. De los que una no puede olvidar ni que quiera.


viernes, 12 de noviembre de 2010

'Cita en Samarra' de John O'Hara


“Cita en Samarra” es la primera novela de John O’Hara, autor de la misma generación que Ernest Hemingway y Francis Scout Fitzgerald, escritores que también se encuentran entre los fans declarados de esta obra que fue escrita en menos de cuatro meses. “Cita en Samarra” se ambienta en un pequeño pueblo de Pensilvania durante las Navidades de 1930 y narra el proceso de autodestrucción al cual se deja arrastrar Julian English, un hombre de treinta años perteneciente a la alta sociedad local y que en apariencia lo tiene todo: una guapa mujer que le quiere y una posición privilegiada totalmente estable. Pero cuando decide tirar la bebida a la cara de un pez gordo al que medio pueblo (incluido el propio Julian English) debe dinero, solamente porque ya no aguanta más sus chistes, los acontecimientos se precipitan y lo que podría ser una anécdota sin importancia se va engrandeciendo como una bola de nieve bajando por una pendiente. Lo curioso es que el incidente que da pie a la novela sucede en una elipsis y sólo vemos el momento previo en el que Julian fantasea con la idea de arrojarle la bebida a la cara del pez gordo local y los momentos posteriores en que todo el mundo cotillea sobre lo que ha sucedido.

Hay mucho de autobiográfico en “Cita en Samarra”: el pueblo ficticio (Gibbsville) es una recreación del pueblo natal de John O’Hara (Pottsville) y el protagonista tiene mucho del propio autor ya que, por ejemplo, los dos son hijos de un médico estricto y distante, decepcionado porque su hijo no siguió su profesión, o porque los dos son bebedores recalcitrantes. Todos los personajes son mezquinos y egoístas en un sentido u otro, es difícil compadecerlos y, aún así, se trata de una novela tan bien construida que nada importa que no nos puedan caer nada bien los personajes. A veces da la sensación que es un libro que John O’Hara escribió para pasar cuentas, con sus conciudadanos pero también consigo mismo, porque no deja de haber cierta dosis de autoflagelación, especialmente en lo que se refiere a la relación con su mujer y su alcoholismo.

Toda la novela (salvo algunos flashbacks puntuales que sirven para explicar mejor a los personajes) sucede en apenas 48 horas, las que van de la Nochebuena a la noche del día de San Esteban. Y, aunque sólo sean 48 horas y el protagonista sea Julian English, John O’Hara es capaz de hacernos un retrato minucioso y concienzudo de toda una sociedad y toda una época. Todos los personajes que se cruzan con Julian en la novela tienen su propia novela detrás, de la cual se nos cuenta el argumento en forma de sinopsis pero no los detalles. Incluso las mujeres tienen su vida más allá de los hombres y también sus propios deseos sexuales, por más que la buena sociedad intente encorsetarlas en unos rígidos arquetipos. Ni siquiera los secundarios que salen en una sola escena son simples figurantes sino personas con su propia existencia. Uno tiene la sensación de que John O’Hara podría haber centrado su novela en cualquiera de ellos y le hubiera salido tan rica y compleja como la que se desarrolla alrededor de Julian English.

Estamos en 1930 y, aunque la Gran Depresión está empezando, aún hay lugar para fiestas y bailes constantes, clubes de campo elitistas, alcohol a raudales y una veneración casi fetichista por los automóviles como signo de prosperidad. Y como estamos en 1930, no puede faltar misoginia, racismo, antisemitismo, homofobia y prejuicios de clase. En “Cita en Samarra”, John O’Hara crea todo un mundo, con su jerarquía social férreamente organizada y prácticamente inamovible, una jerarquía no tan distinta a la que también rige la mafia local, que también es retratada en esta novela que es tan rica que parece que nunca pueda llegar a agotarse.


lunes, 8 de noviembre de 2010

'Howards End' de E.M. Forster




‘Howards End’ es una novela de ideas, en el sentido de que se propone analizar las relaciones entre diferentes clases sociales y determinar si es posible un entendimiento entre ellas. Forster nos presenta a tres familias: 1) los Wilcox, representantes de la vieja aristocracia terrateniente, muy prácticos, materialistas y con los pies en el suelo; 2) los Schlegel, representantes de la burguesía intelectual, con orígenes europeos, idealistas y soñadores; y 3) los Blast, representantes de la clase baja, que viven en apartamentos mal ventilados e impersonales y tienen que trabajar para (mal)vivir, pero que sueñan (ingenuamente) con tiempos mejores, en prosperar gracias al conocimiento que pretenden ir arrancando de aquí y de allí.

Y sí, es una novela de ideas, con un narrador sabiondo que con aires de suficiencia no escatima reflexiones pedantes acerca de sus personajes, pero afortunadamente Forster es un escritor lo suficientemente inteligente como para comprender que las ideas que quiere exponer no tienen que ir en detrimento de crear una trama que atrape al lector y unos personajes de carne y hueso. Pero Forster no solamente es lo suficientemente inteligente como para comprenderlo sino también lo suficientemente hábil como para conseguirlo. Para mí, Forster tiene un estilo distintivo. Para empezar, es elegante y diestro, observador y detallista, como muchos de los novelistas ingleses clásicos que le precedieron (aquí estoy pensando principalmente en Jane Austen). Además, es capaz de crear personajes psicológicamente complejos y mostrarnos su psicología de una forma perfecta. Y luego tiene un sentido del humor y una ironía y un aire distanciados que a veces quizás dan al narrador omnisciente más protagonismo del que en realidad tendría que tener.

Aún así, hay cosas de ‘Howards End’ que no me han convencido. Me encantan las hermanas Schlegel, lo fuertes e independientes que son, lo mucho que se quieren a pesar de que en realidad son muy distintas. Me gusta también el aire pasota de Tibby Schlegel. Y es inevitable que sienta un cariño especial por Leonard Blast, porque puedo entender como nadie su afán de conocimiento, su auto-compasión, el auto-odio a su propia clase social, la fascinación y la repulsión que le producen las clases más altas, ese odio por los que se creen superiores, esa envidia, ese odio a uno mismo. (Aunque creo que es algo que con la edad se va aplacando.) Es por todo esto que no soporto ciertos giros que hay en la trama.

No me gusta que Margaret se case con el señor Wilcox. Es algo que se veía venir, pero aún así es de una forma tan precipitada y poco explicada que me resulta algo irritante. Cuesta creer que Margaret, que es una mujer inteligente y con carácter, esté enamorada de un hombre tan insensible, ensimismado y engreído, un hombre que no ha hecho nada para merecerla. Sin embargo, lo dejo pasar, pero cuando Wilcox la va cagando flagrantemente y repetidamente y, a pesar de todo, Margaret sigue queriéndolo ya no lo aguanto más. No soporto que a Wilcox le salga todo bien, siempre salga airoso y triunfante, mientras que el pobre Leonard Blast esté pisando siempre mierda y luego le despachen con un final cutre e indigno.

Podréis decir que así es la vida, que a los ricos todo les sale bien y a los pobres todo les sale mal, y quizás sea verdad, pero me fastidia que Forster despache a Blast diciendo que como era de clase baja no tenía la misma sensibilidad que los de clase alta y que, por tanto, su final no es tan trágico, que probablemente no sufrió tanto como hubiera sufrido cualquiera de nosotros. En el fondo es este paternalismo de Forster lo que me saca de quicio. Me saca de quicio que se presente como un tío muy legal que va a examinar las relaciones entre clases distintas sin prejuicios y luego resulte que tiene prejuicios a carretadas y el tipo sea tan desvergonzado como para seguir negándolo. Probablemente es una impresión totalmente subjetiva y estoy siendo algo hipersensible, pero creo que no se puede negar que Forster es un paternalista. Otro ejemplo: farda mucho de entender las mujeres y la mayoría del rato probablemente es verdad, pero no hay necesidad de fardar tanto ni tampoco de hacerles la pelota y mucho menos de mirarlas un poco por encima del hombro de forma sutil pero innegable.

Y ahora debería dedicar el último párrafo a convenceros de que en el fondo me ha gustado. Porque, por más que ha habido unos cuantos detalles que me han impedido disfrutar todo lo que probablemente podría haberla disfrutado, ciertamente me ha gustado. No tanto como ‘Una habitación con vistas’, quizás porque ésta al ser una comedia era más fresca y menos prejuiciosa, pero ciertamente me ha gustado. Si a caso, volved a leer mi segundo párrafo, porque todo lo que ahora podría añadir sería una repetición. Pero lo cierto es que Forster escribe que es una delicia.

jueves, 4 de noviembre de 2010

'El vicario de Wakefield' de Oliver Goldsmith



A veces me pregunto qué pensarán las generaciones futuras si se da el caso de que ven un episodio de ‘True Blood’. ¿Creerán que es una serie seria o se pensarán que es una parodia? ¿Pensarán que la perpetración de tópicos, tramas absurdas, escenas ridículas y giros argumentales inverosímiles son en serio o pensarán que son un guiño irónico hacia los espectadores? Yo misma no sería capaz de decirlo. Algo parecido (me) pasa con ‘El vicario de Wakefield’ de Oliver Goldsmith (escrita entre 1761 y 1762). Precisamente una vez escribí una historia en que dos personajes discutían a propósito de ‘El vicario de Wakefield’: el conservador opinaba que era una novela moralista mientras que el liberal defendía que era una parodia de una novela moralista. Yo no estoy nada segura, pero prefiero leerla como una parodia, porque así la puedo disfrutar más.

En ‘El vicario de Wakefield’ hay dos partes claramente distintas. La historia empieza cuando el reverendo Charles Primrose se queda en la ruina, porque su banquero le ha estafado. Es un golpe duro y al reverendo no le queda más remedio que trasladarse, con toda su familia, a una parroquia más humilde y llevar una vida sin ningún tipo de lujo. El reverendo se adapta fácilmente a este revés de la fortuna y sigue creyendo en la bondad del universo. Con algo más de tiempo su mujer y sus hijas también acaban conformándose. La primera parte de la novela es básicamente una novela costumbrista con un humor sutil e irónico, no muy diferente a cualquier novela de Jane Austen (que de hecho se ve que era fan de este libro, pero se ve que también lo eran Dickens, Goethe, Lampedusa, y muchos más). El humor se desprende de la oposición entre el reverendo, que es estricto, espiritual, religioso e idealista, y su mujer y sus hijas que no son mala gente pero son algo vanidosas. Y al ser tan opuestos no paran de hacerse la puñeta sutilmente. La novela está escrita en primera persona por el reverendo y, por tanto, no desaprovecha ninguna ocasión para dejar caer consideraciones morales, que yo me tomo como irónicas.

La segunda parte empieza cuando una de las hijas es raptada y a partir de ahí las desgracias se irán sucediendo al estilo del libro de Job e, igual que Job, el reverendo nunca perderá la fe en la bondad de la gente, ni dejará de creer que todo el mal que le sucede es la voluntad de Dios y, por tanto, está bien y todo terminará bien, sino aquí en la tierra, la recompensa estará en el cielo. Esta segunda parte es una novela sentimental con un malo malísimo, casualidades improbables, escenas peripatéticas, giros en la trama risibles, etc. Todo muy grotesco. Yo tiendo a pensar que realmente es sólo una parodia de las novelas sentimentales, porque todo es demasiado exagerado, caricaturesco e inverosímil. No sería tan distinto a los divertimentos que Jane Austen escribía para deleitar a su familia y amigos, como ese ‘Amor y amistad’, que es también una parodia de las novelas sentimentales.

Sin duda, yo prefiero la contención y el humor sutil de la primera parte a los excesos melodramáticos y el humor basto de la segunda. Además, en la segunda hay digresiones morales realmente pesadas que se alargan hasta el infinito, incluyendo lo que es una defensa de la filosofía del partido de los tories que el reverendo se saca de la manga. Y es todo algo difícil de digerir. Pero la primera parte es realmente exquisita y también hay momentos divertidos en la segunda. Es una novela que te hace sonreír, una lectura agradable, y al final le cogí mucho cariño al libro, a pesar de sus defectos.


martes, 2 de noviembre de 2010

'El período azul de Daumier-Smith' de Salinger



Me encantan las historias de jóvenes que se hacen pasar por mayores de lo que en realidad son y se infiltran en un mundo de adultos que aún no les correspondería. Adoro las historias sobre jóvenes que fingen que tienen muy claro lo que quieren pero que en realidad están totalmente perdidos. Me fascinan las historias de personas que se hacen pasar por quienes no son, que son mentirosos patológicos, que crean una ficción alrededor de su propia vida. Todo esto (y mucho más) es ‘El período azul de Daumier-Smith’. Es también mi cuento favorito de Salinger junto con ‘Justo antes de la guerra con los esquimales’.

Nunca podemos fiarnos de los narradores en primera persona, pero el narrador de este relato de Salinger es especialmente poco fiable. Nos explica como enredó a un matrimonio de profesores de una academia por correspondencia, haciéndose pasar por un pariente de Daumier e íntimo amigo de Picasso, y cada vez que abre la boca acaba haciendo la mentira más gorda hasta llegar a unos límites increíbles. Es divertidísimo. Pero, evidentemente, si mintió de una manera tan flagrante una vez, ¿qué nos hace creer que no nos está mintiendo ahora a nosotros los lectores? Además, es un narrador tan pedante, pretencioso, engreído y pagado de sí mismo que suena de lo más falso, pero por eso mismo es divertidísimo.

‘El período azul’ es un cuento algo atípico en Salinger. A mí me sería más fácil creer que lo escribió Wes Anderson que no el propio Salinger, porque Salinger no suele escribir cuentos en primera persona y sus cuentos suelen ser descripciones de escenas y no períodos de tiempo. Es también un cuento divertidísimo, en el que lo trágico se mezcla con lo cómico. El matrimonio de profesores de arte son personajes grotescos, pero también lo son los alumnos por correspondencia. Y luego está la pedantería engreída del narrador, que nos regala situaciones de lo más absurdas ya que, por ejemplo, es capaz de tener una epifanía observando el escaparate de una tienda de aparatos ortopédicos y quedarse tan ancho.

Pero también es un cuento muy triste porque el narrador se siente tan solo y perdido que es capaz de enamorarse de una forma ridícula y obsesiva de una monja sólo porque dibuja medianamente bien. Las cartas que le escribe a la monja son las de un maníaco, pero no dejan de ser otro ejemplo de lo desesperado que está el narrador. Mi amor por este cuento no tiene límites, porque es un cuento divertidísimo, pero a la vez lleno de tristeza, y con un punto de nostalgia.


sábado, 23 de octubre de 2010

'Algo alrededor de tu cuello' de Chimamanda Ngozi Adichie


“Algo alrededor de tu cuello” está compuesto por doce relatos de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, que no hace tanto fue elegida por la revista New Yorker como una de los escritores más prometedores de menos de cuarenta años. Todos estos cuentos están protagonizados por nigerianos, la mayoría de ellos son mujeres y la mayoría de ellos viven entre Nigeria y Estados Unidos, que muchas veces desempeña el papel de tierra prometida de la abundancia a la que todos los nigerianos sueñan con llegar, pero una vez allí descubren que no todo es tan fácil y tan perfecto como se lo habían imaginado (o les habían contado). Así, encontramos la historia de una mujer a la que conciertan un matrimonio con un hombre ya establecido en Estados Unidos pero al que no ha visto nunca, o la historia de otra mujer que hace cola ante la embajada estadounidense para pedir asilo político.

Se trata, pues, de relatos que exponen la situación difícil en la que se encuentran muchos nigerianos de hoy en día pero, a pesar de esto, nunca caen en el didactismo, porque afortunadamente Chimamanda Ngozi Adichie prefiere centrarse en escribir un relato literario que en adoctrinar a sus lectores. Otro detalle a destacar que se agradece es como huye del sentimentalismo y la explotación del dolor y las atrocidades. El primer relato del conjunto es probablemente ya una declaración de intenciones en este aspecto, ya que es sobre un joven que es encerrado en prisión injustamente, pero tanto el personaje como también la autora rechazan describir por todo lo que pasa en prisión con todo lujo de detalles morbosos, aunque la narradora remarca que sería muy fácil hacerlo.

Como en todos los recopilatorios de relatos, podrá haber algunos mejores que otros, pero no hay ninguno que desentone por su calidad y que se pueda considerar simplemente de relleno. Se trata de un conjunto muy regular, aunque el último relato huya de la estricta contemporaneidad a la que se ciñen el resto de cuentos y opte para describir de forma sucinta a través de la historia de una familia (y en último término la historia de una mujer) la historia de Nigeria (y probablemente por extensión la de gran mayoría de países africanos) a partir de la llegada del hombre blanco. Es difícil decidir si este relato encaja o no en el conjunto, porque si bien es cierto que temáticamente representa una nota discordante respecto al resto, por otra parte la autora tiene todo el derecho a incluirlo como coda que sirve para enmarcar y contextualizar todo lo que ha contado antes.

Chimamanda Ngozi Adichie en esta obra es muy crítica con los occidentales y no sólo por nuestro pasado colonizador, sino también por nuestro presente paternalista que disfruta del exotismo turístico del continente africano. Contrapone las dos culturas pero sin maniqueísmos y a veces son los occidentales quienes quedamos en ridículo y a veces son los nigerianos demasiado aferrados a la tradición. Y es que sin duda también es un libro que habla del conflicto entre tradición y modernidad, que reflexiona sobre el problema que supone para los jóvenes nigerianos abrazar la cultura occidental sin perder su identidad.

Como “Algo alrededor de tu cuello” es un conjunto de cuentos tan equilibrado es difícil escoger alguno que destaque encima de los demás. Hay un par que destacan por su emotividad, ya que están protagonizados por dos personajes muy alejados culturalmente pero que acaban comprendiéndose mutuamente. Uno de estos dos está protagonizado por dos mujeres que se refugian en una tienda abandonada durante unos disturbios, dos mujeres de religión, etnia y lengua distinta. Mientras que el otro está protagonizado por dos estudiantes nigerianos, un chico y una chica, que en principio sólo tienen en común que se encuentran solos en América. Pero quizás el más destacado sea “Jumping Monkey Hill” sobre un taller literario para jóvenes autores africanos que organiza un académico blanco en Sudáfrica, porque es una reflexión metaficcional sobre la literatura africana (sobre sus problemas, sus limitaciones, sus tópicos) y a la vez una reflexión sobre como las mujeres africanas son convertidas en objetos sexuales y se ven limitadas en sus opciones frente a los hombres, pero todo esto sin que Chimamanda Ngozi Adichie caiga nunca en el didactismo ni olvide que está escribiendo literatura y no moralizando.


miércoles, 13 de octubre de 2010

'El vell botiguer i altres contes' de Iván Mándy


Estaba yo en la biblioteca buscando algún libro de Katherine Mansfield cuando me topé con éste. No había oído nada del autor, pero aún así algo me llamó la atención. Leí la contraportada y me enteré de que el tipo era húngaro y probablemente fue esto lo que en último término me impulsó llevármelo a casa. Parece que no está traducido al castellano y que la edición en catalán ya está descatalogada. Tampoco he podido encontrar más libros traducidos de este autor (a no ser que sean traducidos al inglés). De hecho, he podido encontrar poquísima información sobre este escritor en Internet y, aún así, paradójicamente, en lo poco que he podido encontrar siempre se decía que era uno de los autores húngaros más importantes de después de la segunda guerra mundial.

Se ve que los padres de Iván Mándy se divorciaron cuando él era pequeño y él se quedó con su padre, que era un bohemio que se lo llevaba de hotel en hotel (pero hoteles baratos de los suburbios de Budapest) y no se preocupaba ni por si iba a escuela ni nada. De modo que Iván iba poco a la escuela, se pasaba muchas horas solo y no acabó ni la secundaria. Se ve que los dos iban mucho al cine para evadirse y en los cuentos que he podido leer hay mucho amor al cine y en el estilo algo de influencia de la narración cinematográfica. Durante la segunda guerra mundial, el padre se las arregló para que no se llevaran a filas a su hijo, ingresándolo en el hospital y haciéndolo pasar por enfermo. Se ve que el padre ante el tribunal que quería mandarlo a la guerra se presentó con uno de los libros que había escrito su hijo y les soltó que aquello era la contribución a la patria que hacía su hijo.

Sus cuentos están protagonizados por gente de clase baja, perdedores que quizás han vivido tiempos mejores pero que ahora ya no les queda nada, y pasan en cines de barrio, tabernas, campos de fútbol destartalados, escaleras de vecinos, parques públicos, habitaciones de hotel roñosas, etc. Tienen un punto costumbrista y la intención de centrarse en vidas y acontecimientos banales. Pero más que nada creo que hablan de soledad. Quizás los que más me hayan gustado hayan sido el de la visita al padre y la visita a la madre, que tienen un mismo narrador y que está claro que tienen mucho de autobiográfico. Los dos están construidos como si fueran calidoscopios, de una forma casi impresionista, pero sin que nunca el estilo eclipse el fondo. También debe tener algo de autobiográfico el cuento de un vendedor ambulante que, como no tiene un lugar donde pasar la noche, se hace pasar por enfermo para que lo acojan en un hospital. Éste tiene un humor algo kafkiano delicioso. Aunque, de hecho, muchos de los cuentos tienen bastante sentido del humor, aunque sutil y particular.

Aunque los cuentos están todos protagonizados por personajes marginados y solitarios (en este sentido quizás mi favorito sería el que está protagonizado por un portero de una casa que se siente solo hasta que un día descubre un adolescente vagabundo y hambriento escondiéndose en su escalera y decide acogerlo), hay pocos que tengan intención política. Incluso los que hablan de la situación política en Budapest durante y después de la guerra, más que de política hablan de otras cosas. Está el del hijo exasperado que aconseja a la madre como tiene que hablar ahora que son los comunistas quenes mandan para no quedar como unos partidarios del antiguo régimen, pero este cuento es por encima de todo cómico y es una delicia. Luego está el de la delatora, que poco tiene de divertido, y que es terriblemente cruel, pero nada maniqueísta; es una maravilla como se pone en la piel de todos los implicados sin tomar partido, aunque al final yo creo que es más una historia de soledad que de delaciones. En cualquier caso, es un cuento magnífico, como prácticamente todos los de este libro, que sin duda es una pequeña joya.


viernes, 8 de octubre de 2010

'Linda boquita y verdes mis ojos' y 'Teddy' de Salinger



‘Linda boquita y verdes mis ojos’ es un cuento atípico dentro de los ‘Nueve cuentos’, porque todos los otros tienen como mínimo un personaje que es un niño, un adolescente o como mínimo un joven, y en cierto modo hablan de soledad, nostalgia y melancolía, mientras que éste está protagonizado por adultos al 100% (al menos a lo que se refiere a edad, y uno incluso tiene el pelo entrecano) y se centra en las relaciones de pareja. Me parece un cuento muy Raymond Carver, pero aún así es totalmente Salinger, porque está construido básicamente sólo por una conversación telefónica y se trata de una conversación que suena totalmente natural y espontánea. Me encanta como en esta conversación se van dejando caer detalles que dan consistencia al relato y son capaces de crear un mundo para estos personajes, un mundo que resulta totalmente tangible para nosotros los lectores. Creo que Salinger es un escritor de detalles, que siempre sabe escoger perfectamente los detalles que otorgarán vida a sus historias. Esta historia es la de un hombre que está en la cama con una mujer cuando suena el teléfono y resulta que es un amigo, medio histérico, quejándose de que no tiene ni idea de dónde diablos se ha metido su mujer y que seguro que se la está pegando por ahí. El hombre escucha pacientemente a su amigo, intentando calmarle, y nosotros intuimos que la mujer del amigo es la que está en la cama con el otro hombre. Pero al final el amigo vuelve a llamar y dice que su mujer ya ha llegado a casa y todo está bien. Yo entiendo que el amigo sabe que su mujer se la está pegando con el hombre al que está llamando y que sólo lo llama para ver si se lo confiesa de una vez o se delata de alguna forma. Aún así, no importa demasiado cómo se interprete el relato, porque es una delicia leerlo. Uno de los que más me gustan.

‘Teddy’ es, para mí, el cuento más desconcertante de Salinger. Me cuesta digerir la filosofía budista/zen de la que está empapado. En este sentido se me hace tan cargante como ‘Seymour: una introducción’. Y como soy algo pesimista, no puedo evitar imaginarme que éste fue el camino que siguió Salinger durante su reclusión y que, si un día sale a la luz lo que fue escribiendo durante estos años, resultarán ser obras infumables. Me gusta más leer ‘Teddy’ como la historia de un niño (que podría ser también Seymour Glass) que se encuentra solo en un mundo hostil: sus padres son seres egoístas que no paran de pelearse entre ellos y de regañar a sus hijos sin mostrarles nunca un auténtico afecto, además su prodigiosa inteligencia también lo aísla aún más, porque encima los académicos que se interesan por él sólo lo hacen del mismo modo en que podrían interesarse por un bicho rarito digno de estudio. Aún así, realmente me cuesta sentir simpatía por Teddy porque es el niño listo repelente por antonomasia. Aún así, intento olvidar lo repelente que es Teddy y centrarme en como es este aislamiento que siente el que le hace adoptar esta postura de que los sentimientos no tienen ninguna importancia y creer que, si esta vida es una mierda, siempre tendremos otra. Vamos, que me gusta creer que la postura budista/zen de Teddy es sólo eso, una postura, un mecanismo de defensa. Aún así, el final siempre se me antoja algo precipitado y leer el cuento sobre un suicidio de un niño me deja muy mal. Pero se tiene que reconocer que, como siempre, Salinger lo escribe de una forma magnífica y con una delicadeza magistral.


jueves, 30 de septiembre de 2010

'Cosas que debes saber' de A.M. Homes




Reconozco que probablemente leer los cuentos de A.M. Homes después de haber leído los de Amy Hempel es un poco injusto, porque las comparaciones pueden ser odiosas y crueles. Aún así, cuando en una colección de cuentos no hay ninguno que me produzca auténtica envidia ni ninguno que hubiera deseado poder escribir yo, es que algo va mal. Confieso que ya antes había intentado leer ‘Cosas que debes saber’ pero había fracasado, aunque ahora veo que (en parte) mi problema era que empecé por el cuento más desagradable pero con el título más atrayente para mí (el de los presuntos niños prodigio). Me ha desagradado tanto o incluso más que la primera vez. La verdad, no me apetece para nada leer un cuento cuyo clímax sucede cuando un gilipollas abusa de una chica y se le mea encima.


Éste es mi mayor problema con A.M. Homes que a veces parece que quiere ser desagradable sólo para ser desagradable, de forma totalmente gratuita, o como mucho para de pasada resultar polémica, que es algo que siempre queda muy guay, pero en el fondo yo no veo nada detrás. Otro cuento también bastante desagradable es el de la mujer que se insemina ella solita con el semen que recoge de los preservativos tirados por otras parejas. En fin, se supone que la pobre mujer tuvo un accidente muy grave y que tenemos que compadecernos por ella y todo el rollo, pero la verdad es que toda la historia me parece chapucera, gratuita y manipuladora.

Luego hay un par de cuentos con una shapeshifter, que creo que pretenden ser poéticos y tal, pero que a mí me han parecido ridículos y tediosos. Después, hay unos cuantos relatos que no están mal, pero que son bastante olvidables. A veces me da la sensación que para que un editor te publique un libro de relatos tiene que haber uno sobre el cáncer y otro sobre parejas que se rompen. Aquí A.M. Homes ha unido los dos tópicos en un solo cuento y el resultado no está mal, pero ya se ha hecho antes millones de veces y no creo que aporte nada nuevo. También está el tópico del hombre que quiere morir hasta que tiene una experiencia en que la está a punto de palmar y luego se da cuenta que quiere vivir. También con una serie de imágenes desagradables de lo más gratuitas y todo él demasiado previsible.

Hasta aquí ha habido tres párrafos de cosas que no me han gustado, ahora viene uno de cosas que sí que me han gustado. Como veis no son muchas pero espero que notéis la delicadeza de ponerlas al final para que sea con lo que os quedéis. Os juro que yo no quiero ser cruel de forma gratuita. Vamos allá. Me gusta el cuento sobre el niño que va a pasar las vacaciones en casa de su padre divorciado, pero que en realidad se pasa más tiempo en casa de los vecinos que son una familia normal y por eso los adora, porque está cansado de las pijerías de su madre y lo alternativo que es su padre, tiene un punto de nostalgia y de final de infancia que está realmente conseguido. El del presidente Reagan jubilado y aquejado de alzheimer es original, divertido y con un punto amargo, realmente bueno y la verdad es que me encantan todos los relatos que ficcionalizan vidas de políticos (estoy pensando básicamente en el ‘Lyndon’ de David Foster Wallace). También me ha gustado mucho ‘Remedios’, que es muy Carver, muy “en apariencia cuenta algo banal pero dice mucho”. Y el mejor creo que es el que da título al libro; es evocador, breve, simple e inteligente.

Resumiendo, de 11 cuentos, cuatro me han gustado (pero sin llegar a entusiasmarme), tres no me han hecho ni fu ni fa, y los restantes los he odiado. Demasiado poco para poder decir que el libro me ha gustado. Aún así, me alegro de haberlo leído/terminado, haberme fabricado mi propia opinión y poder pasar a otra cosa.


miércoles, 29 de septiembre de 2010

'En el bote' y 'Para Esmé, con amor y sordidez' de Salinger



Me parece algo curioso que muchos de los cuentos de Salinger estén estructurados en tres partes. Es lo que pasa tanto en ‘En el bote’ como en ‘Para Esmé, con amor y sordidez’. En el primer relato hay una primera parte en que vemos las dos criadas charlando en la cocina; una segunda parte en la que Boo Boo entra en la cocina y conversa brevemente con las dos criadas; y finalmente una tercera parte en la que Boo Boo sale a buscar a Lionel, su hijo, que ha huido y se ha refugiado en el bote. Es obvio que la parte central del relato, la más importante, el protagonista, es Lionel, pero me encanta como es introducido en la narración poco a poco, de una forma progresiva. Boo Boo siempre ha sido una de mis Glass favoritos, a pesar de que sabemos muy poco de ella, y lo es sólo porque parece que es la que ha conseguido llevar una vida más convencional (se ha casado y ha formado una familia), pero aún así intuyo que su vida no es ni tan normal ni tan feliz como puede parecer a simple vista. Lionel es un amor de niño, pero aún que sea un niño es muy diferente a todos los niños que salen en otros cuentos de Salinger. Muy diferente a la extrovertida Sybil de ‘Un día perfecto para el pez plátano’, pero también diferente a la Ramona de ‘El tío Wiggily en Connecticut’, por más que los dos sean más bien introvertidos. Lionel es un niño sensible y encerrado en su propio mundo y al que las pequeñas cosas le afectan demasiado y cada vez que se siente herido o confuso o triste decide huir, y es imposible no sentir ternura por él. Me encanta la simplicidad de este cuento. Es tan sobrio, tan diáfano, tan limpio, tan puro. Es reconfortante ver que los problemas de Lionel dejan de tener importancia después de haber hablado con su madre, pero por poco experimentados que seamos como lectores no podremos evitar sentir nostalgia porque sabemos que Lionel crecerá y llegará un día en que ni su madre no será capaz de alejar las preocupaciones que le puedan atormentar.

Tengo la sensación (no sé si será acertado o no) que ‘Para Esmé, con amor y sordidez’ es también uno de los cuentos más queridos e idolatrados de Salinger, pero a mí me cuesta creérmelo, se me hace demasiado literario, demasiado metaficción, me cuesta entrar en él y confieso que también me cuesta poder entenderlo. También tiene tres partes. En la primera, situada en el presente, un narrador en primera persona nos cuenta que le han invitado a una boda en Inglaterra, pero no podrá asistir, pero aún así escribirá una carta al novio explicando detalles de la novia que espera que le causen malestar. En la segunda parte, el mismo narrador en primera persona nos narra una tarde de hace seis, cuando era un soldado al final de la Segunda Guerra Mundial desplazado a Inglaterra, y cuando conoció a una adolescente llamada Esmé a la que promete que algún día escribirá para ella un relato sórdido. La tercera parte, escrita en tercera persona, entiendo que es el relato que el narrador en primera persona prometió a Esmé, y está protagonizado por un soldado (al que se llama X), que acabada la guerra mundial está destacado en Alemania y que por decirlo con las mismas palabras de Salinger no ha salido de la guerra con “todas sus facultades intactas”, y que al final del relato nos enteramos que debe ser como mínimo una versión ficcionalizada del primer narrador porque recibe una carta de Esmé con el reloj demasiado grande que ésta llevaba porque era de su padre muerto.

No está mal, pero mientras que en los otros relatos de Salinger tengo la sensación de que lo que me está contando es real, con ‘Esmé’ sólo tengo la sensación de que me está contando una ficción totalmente inventada. Probablemente ésta fuera en parte la intención, pero me parece todo tan literario que me cuesta de digerir. Estoy toda la segunda parte imaginando que todo lo que está contando Esmé al narrador es una inmensa trola y cuando al final resulta que no era trola me siento decepcionada. Y eso que Salinger participó en la guerra, pero la guerra que describe aquí me parece tan idealizada y tan de color de rosa (y para nada sórdida) que tampoco me la creo. Se supone que si el narrador quiere intentar hacer fracasar la boda de Esmé es porque se enamoró de ella, pero esto a parte de incomodarme, me parece totalmente inverosímil (Esmé no deja de ser una pre-adolescente marisabidilla que quiere hacer ver que es muy madura y mayor pero que aún es una niña, y sólo tienen una conversación de media horita). Me gustaría pensar que si quiere arruinar la boda es porque está celoso porque Esmé ha tenido una vida fácil y él ha tenido una vida más chunga, pero aún así tampoco me lo acabo de creer. Es que es tan literario este cuento, tan consciente que sólo es literatura, que no me lo trago.


martes, 28 de septiembre de 2010

'Diario de un ama de casa desquiciada' de Sue Kaufman



Diario de un ama de casa desquiciada” de Sue Kaufman está a medio camino entre “La campana de cristal” de Sylvia Plath y la serie Mujeres Desesperadas”. Es una mezcla de drama sobre frustraciones femeninas y comedia satírica y crítica con las convenciones sociales. La protagonista es Tina Balser, una ama de casa del Manhattan de los años 60 que, como se suele decir, aparentemente lo tiene todo: un marido que es un abogado de éxito, dos hijas bonitas que son unas buenas alumnas en la escuela cara y elitista a la que asisten, y un piso céntrico y amplio, decorado con gusto y equipado con todas las comodidades. Pero, evidentemente, hay algo que no funciona. Es por eso que, un día mientras está comprando material escolar para sus hijas, Tina decide comprarse un cuaderno que utilizará como diario para intentar aclararse y averiguar qué le está pasando, para así quizás poder volver a ser la de antes.

Se han terminado las vacaciones y el otoño está a punto de empezar y Tina (o Teen, como la llama su marido, como si fuera una chiquilla o una propiedad a la que se le puede cambiar el nombre) siente que se está volviendo paranoica y nota que está desarrollando una serie de miedos y fobias que la paralizan. A veces se siente profundamente deprimida y sólo tiene ganas de llorar y otras veces está tan nerviosa que no puede parar quieta ni un segundo. Intenta calmarse tomando una copa o una de las pastillas que le quedaron de la última “crisis nerviosa” por la que pasó. Pero las pastillas hay que racionalizarlas porque se están terminando y su marido, que no sólo quiere que su mujer sea la perfecta ama de casa sino que también sea el alma de las fiestas a las que asisten, parece que empieza a sospechar algo.

“Diario de una ama de casa desquiciada” está escrita con un estilo eficaz que fluye de manera impecable. Es de aquellos libros que uno no tiene miedo a recomendar a cualquier lector. Es de aquellos libros que se dice que enganchan. Pero afortunadamente ésta no es su única virtud; es una novela inteligente y con un sentido del humor sarcástico y delicioso, y tiene una capacidad incisiva envidiable, tanto a la hora de adentrarse en la psicología de la protagonista (con la que es imposible no acabar identificándose, por más que no se compartan experiencias vitales) como a la hora de burlarse de la ambición, la vanidad y otras mezquindades de cierta clase media-alta con ínfulas culturales. Probablemente el único defecto de la obra sea un final demasiado fácil, demasiado feliz. Es imposible, después de la escalada de acontecimientos que llevan a la protagonista a un callejón sin salida, no sentirse decepcionado ante un final tan anticlimático y azucarado. Aún así, el final no acaba de amargar el buen sabor de boca que deja el resto del libro, porque se trata de una novela capaz de retratar la ansiedad, la frustración y la asfixia de una forma perfectamente convincente, pero sin dejar de lado el sentido del humor.


jueves, 16 de septiembre de 2010

'Justo antes de la guerra con los esquimales' y 'El hombre que ríe' de Salinger


Probablemente ‘Justo antes de la guerra con los esquimales’ es mi cuento favorito de Salinger. Me cuesta saber decir por qué. Supongo que podría decir que es porque es auténtico, real, vivo, y algunos otros adjetivos parecidos, pero en el fondo esto no quiere decir nada. Debe ser el cuento más divertido de Salinger, más que nada porque por él desfilan un par de excéntricos deliciosos (el hermano de Selena Graff y el amigo del hermano de Selena Graff). Y aún así, puede que también sea uno de los cuentos más melancólicos de Salinger, porque habla de lo doloroso que es hacerse mayor, un tema típico en Salinger pero que creo que en este relato es en uno de los que funciona mejor. Me gusta que sea prácticamente todo diálogo, que sea prácticamente una obra de teatro, con sus entradas y salidas y poquísimas acotaciones, y que, una vez más, en apariencia hable de “nada”, pero en realidad diga mucho. Me parece brillante el detalle de que la quinceañera Ginnie Maddox crezca después de entrar en contacto con dos jóvenes mayores que ella pero que se niegan a crecer y que probablemente sean aún más inmaduros que ella. Sin embargo, estos dos chicos, por edad, se han visto obligados a salir al mundo exterior y han visto que puede ser una auténtica mierda y es eso lo que Ginnie entrevé en su conversación con los dos tipos y le permite crecer, aunque duela, y dejar atrás las niñerías, como la tirria que le tiene a Selena, pero sin dejar tampoco de ser del todo una niña sentimental que se apega demasiado a cosas absurdas pero que tienen un significado especial, como el medio bocadillo que el hermano de Selena le deja en el bolsillo del abrigo.

Por el contrario, ‘El hombre que ríe’ probablemente sea uno de los relatos de Salinger que me dejan más fría. La supuesta gracia está en que intercala dos narraciones que en apariencia no tienen nada que ver la una con la otra, pero que en teoría sirven para complementarse mutuamente. Una es la historia de un niño que recuerda los tiempos en que formaba parte de un grupo de escoltas. La otra es la historia que les contaba a los escoltas el monitor (al que llamaban el Jefe): las extraordinarias aventuras del hombre que ríe del título, que vive en un mundo de fantasía y que no queda claro si es un héroe o un criminal. Mi problema con este cuento es que las aventuras del hombre que ríe son tan folletinescas y están escritas en un estilo tan manido que no son para nada el estilo innovador de Salinger y el resultado es chirriante. Además, hablando sin tapujos, la aventuras del hombre que ríe me aburren. Me interesa infinitamente más la relación que los niños establecen con la novia del Jefe (primero no la soportan y luego la idolatran) que no las aventuras del hombre que ríe, que por desgracia ocupan más líneas. Sin embargo, es otra historia sobre lo doloroso que es crecer, sobre el final de la infancia entendida como una época en la que se desconoce el significado de la palabra “decepción”, y esto está bien, muy Salinger todo.


Los cuentos de Amy Hempel


Debo ser desconfiada por naturaleza, porque cuando veo que un libro tiene críticas muy dispares (unas muy buenas y otras malísimas) sospecho, pero lo cierto es que también desconfío cuando un libro sólo tiene críticas excelentes. Para mí es más fácil creer que un libro está sobrevalorado que no que es tan bueno que consigue que todos los críticos se pongan de acuerdo. Por supuesto, me pasó esto mismo con los cuentos de Amy Hempel. Os desafío a que encontréis una crítica mala de Amy Hempel; buscad y sólo encontraréis los elogios más hiperbólicos. Esto inevitablemente me hizo poner en guardia. Sin embargo, debe ser que mi curiosidad es aún mayor que mi desconfianza y me obliga a querer leer todas las cosas por mí misma para formarme mi propia opinión (o simplemente confirmar el prejuicio que tenía antes de leerlo). Así que fue por esta razón que saqué de la biblioteca la edición de los ‘Cuentos completos’ de Amy Hempel presintiendo que al terminar iba a decir que no había para tanto. Pero a veces es realmente maravilloso darse cuenta que una se ha equivocado por completo, porque resulta que los cuentos de Amy Hempel son realmente prodigiosos.

Encontré una cita de Hempel que venía a decir que el mayor elogio que le habían dado en su vida es que en sus cuentos dejaba fuera todo lo que se tenía que dejar fuera. Y ya es esto. Un cuento nunca tiene que contarlo todo, sólo dar unas pistas para que el lector pueda acabar reconstruyendo toda la historia y todo el significado por su cuenta. Así es Amy Hempel; te relata unas escenas que pueden parecer inconexas y banales, pero que son inmensamente ricas en detalles, y luego tú tienes que sacar tu propia conclusión. Hempel está entre los cuentistas más grandes. Ahí arriba con John Cheever y Dorothy Parker. Escribe tan bien que es de esas escritoras que, depende del día que tengas, te puede hacer venir ganas de escribir compulsivamente, o bien ganas de no escribir ya nunca más porque sientes que después de ella ya no vale la pena. Sus cuentos están llenos de tristeza y humor y es muy difícil explicar de qué tratan; es eso que tantas veces se dice: se tienen que leer.

Me han gustado tanto, que sólo he leído sus dos primeras recopilaciones, ‘Razones para vivir’ y ‘A las puertas del reino animal’, y me he dejado las otras dos para más adelante, porque no me quiero terminarlas todas tan pronto y quedarme sin nada de ella que leer. Es algo magnífico. A sus cuentos no les sobra ni les falta nada, cada detalle por más nimio que sea dice muchísimo, se nota tanto que estos relatos han sido trabajados hasta la extenuación, rescritos incontables veces. Leyendo Hempel una tiene la sensación que le han hecho un regalo de lo más valioso y no puede hacer nada más que estar terriblemente agradecida. Al principio sus cuentos pueden desconcertar, pero una vez te sumerges en ellos te das cuenta de que te hablan de cosas tuyas e íntimas de las que muy pocos escritores antes te han hablado.

Soy perfectamente consciente que en estos tres párrafos (prácticamente) no he dicho nada, así que os dejo con unos pocos cuentos de Hempel para que hablen por sí mismos:

- 'La cosecha'
- 'In the Cemetery Where Al Jolson is Buried'
- 'Today Will Be a Quiet Day'

miércoles, 8 de septiembre de 2010

'Un día perfecto para el pez plátano' y 'El tío Wiggily en Connecticut' de J.D. Salinger


Me he propuesto releer todo Salinger. Poco a poco y con buena letra (o no). La mayoría de cosas será la cuarta vez que las leo, pero estoy segura de que me gustarán tanto (o incluso más) que la primera. Intentaré ir comentando aquí todo a medida que vaya leyendo. Espero que la pereza o las obligaciones no me lo impidan. Empiezo con los dos primeros relatos de 'Nueve cuentos': 'Un día perfecto para el pez plátano' y 'El tío Wiggily en Connecticut'.

Entre las cosas que más me gustan (y más envidio) de Salinger son los diálogos. Suenan tan reales, tan auténticos, tan cuotidianos. Parece que hablan de nada, pero en realidad acaban contando tanto. Realmente me encanta como muchos de los cuentos de Salinger (como estos dos primeros) están construidos casi enteramente con diálogos, sin casi nada de narración, y aún así (indirectamente) acaban explicando tantas cosas. Es magnífico.

Otra de las cosas que me encantan de Salinger es que casi en todas sus obras hay niños y adolescentes. Mientras que hay muchos escritores en los que todos los adolescentes y especialmente todos los niños son iguales, en Salinger uno ve que todos tienen personalidades distintas. Aunque la Sybil de ‘Un día perfecto para el pez plátano’ y la Ramona de ‘El tio Wiggily en Connecticut’ aparezcan tan brevemente, a Salinger le bastan un par de pinceladas para dotar estos personajes de personalidades propias. Por supuesto que son niñas-listas-y-repelentes pero son adorables, sobre todo Ramona, con sus gafas, sus botas de agua y su necesidad de inventarse amigos imaginarios.

Me encanta la estructura en tres partes de ‘Un día perfecto’, a pesar de que (a diferencia de muchos fans) no lo considero el mejor cuento de Salinger: la primera parte con la conversación telefónica entre la mujer de Seymour Glass y su madre, la segunda parte con la conversación entre Seymour y Sybil, y finalmente el desenlace. Me encanta que Seymour no aparezca desde el principio, sino que primero se nos presente a través de los ojos de su suegra, que luego lo veamos aparentemente feliz conversando y jugando con una niña, en una imagen que no concuerda para nada con la que se ha hecho la suegra, y que al final llegue el desenlace sin que sepamos ni remotamente por qué se suicida Seymour. Es como si el cuento nos dijera que, a pesar de todas las cosas bonitas que hay en el mundo (porque la parte con Seymour y Sybil es realmente bonita), a veces no hay suficiente para soportarlo. Y es terrible. Y eso que Seymour a mí nunca me ha caído bien.

Durante mucho tiempo creo que ‘El tío Wiggily’ fue mi cuento de Salinger favorito. Probablemente porque yo era muy joven y es el que tiene una lectura más fácil y directa. Ahora aún está entre mis favoritos, pero no tanto, y me sigue pareciendo brillante la forma en la que poco a poco vamos descubriendo la infelicidad de Eloise y también la manera en que (la pobre) Ramona roba todas las escenas en las que aparece. El final me parece demoledor, como tendrían que ser todos los finales de todos los cuentos, porque la tragedia no es que Eloise antes fuera feliz y ahora ya no lo sea, la tragedia es que Eloise antes era una buena chica y ahora se ha convertido en una amargada egoísta y cruel. Y esta revelación final me parece genial y convierte el cuento en un cuento realmente devastador.

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Enlace a los 'Nueve cuentos' de Salinger íntegros y traducidos al castellano.

domingo, 5 de septiembre de 2010

'La línea de la belleza' de Alan Hollinghurst


El protagonista de “La línea de la belleza” de Alan Hollinghurst es Nick Guest, un joven de veinte años, de clase media-baja y de provincias, que acaba de terminar sus estudios en Oxford y se traslada a vivir a Londres a casa de su amigo Toby, del que está perdidamente enamorado, con el inconveniente de que Toby es irremediablemente heterosexual. Toby vive con sus padres: Gerald, que es la nueva promesa del partido de los Tories y que acaba de ser elegido diputado, y Rachel, procedente de una familia con una gran fortuna y raíces aristocráticas. En la casa también habita Catherine, la hermana de Toby, con tendencia a la depresión y a la autodestrucción. Con semejante planteamiento, la primera referencia literaria que viene a la cabeza es “Retorno a Brideshead” de Evelyn Waugh, pero a medida que vamos leyendo nos damos cuenta que la mayor influencia es la de Henry James, pero el Henry James más durillo, el fetichista de las antigüedades y el estilo lujuriosamente rebuscado. Es algo de lo que Alan Hollinghurst no se esconde (todo lo contrario) y también algo que es fácil adivinar porque Nick precisamente está escribiendo su tesis sobre James.

“La línea de la belleza” tiene una estructura de una novela clásica de finales del siglo XIX o principios del XX, pero habla (entre otras cosas) de sexo, homosexualidad, cocaína, sida y Margaret Thatcher. Uno de sus mayores logros es el estilo en el que está escrito, sin duda digno sucesor del de Henry James, un estilo elegante, trabajado, y exuberante, que se mueve entre la delgada línea que separa la belleza sublime del ridículo de los excesos barrocos. Pero lo que es su mayor logro a veces también le va a la contra, porque Hollinghurst en ocasiones se pierde en el estilo y opta por describirnos mil y una fiestas y reuniones sociales de la clase bien, mientras que elide las escenas dramáticamente más interesantes. Es una novela de estilo y reflexión más que de emociones. Aún así, cuando Hollinghurst por fin se decide a regalarnos una escena emotiva lo hace con una intensidad apabullante. Estas abundan al final del libro, cuando la sida ya ha hecho estragos y cuando se nos contrapone el Nick del presente con el Nick inocente y lleno de ganas de vivir y de enamorarse del principio. “La línea de la belleza” empieza y termina con unas elecciones, entre ellas pasan cuatro años, en los que Nick vive en el limbo que hay entre el fin de la vida de estudiante y el inicio de la vida de adulto.

Son los ochenta y, aunque Margaret Thatcher sea Primera Ministra, parece que la homosexualidad ya no es un tabú. Nick ha salido del armario y parece que todo el mundo lo ha aceptado con la mayor naturalidad, pero esto sólo son las apariencias. Nick es aceptado siempre que su orientación sexual no sea algo visible, sino algo abstracto a lo que no se haga referencia prácticamente nunca. “La línea de la belleza” construye un retrato de la hipocresía de una época, respecto no sólo la sexualidad sino también las diferencias de clase y al racismo. Hollinghurst edifica un gran fresco que retrata las mezquindades de una clase social con tono casi satírico. Es una obra en la que difícilmente podremos sentir empatía por los personajes. A medida que la historia avanza, vamos descubriendo sus defectos y sus miserias, y nos damos cuenta que en realidad son un montón de seres despreciables. El punto culminante es el encuentro de Gerald con los votantes de su distrito a los que trata con un paternalismo, unos aires de superioridad y un mal disimulado asco de lo más rastreros. Sin embargo, incluso es difícil simpatizar con Nick, por la vergüenza que le producen sus padres y sus orígenes humildes, y porque es vanidoso y narcisista hasta extremos obscenos. “La línea de la belleza” es una crítica social terriblemente dura y cruel, pero no por esto exenta de humor. Pero también es una novela sobre descubrir el sexo, hacerse mayor, llevarse decepciones, aceptar que la vida nunca será como la habías planeado, descubrir que las personas en las que confías te pueden defraudar, y aprender a encararse con la muerte.

martes, 24 de agosto de 2010

Teaser Tuesday: 'Cita en Samarra'




A cualquier hombre que aceptara la invitación a cenar se le asignaba una mujer o una chica. La costumbre era que los solteros sin compromiso aceptaran la invitación a la cena entregando su tarjeta, y luego telefonearan a la anfitriona y le preguntaran si debían llevar pareja a la cena. Todo se concertaba de antemano de manera mucho más sutil de lo que podría imaginarse. Había algunas chicas poco agraciadas a las que había que invitar a muchas fiestas y las anfitrionas daban por sentado que ciertos hombres debían prestarse a acompañarlas durante la cena. Pero todas las anfitrionas daban también por sentado que a un hombre joven, popular y atractivo sólo debían emparejarlo con chicas populares y atractivas. Luego había otro grupo de chicas, al que pertenecía la misma Mill Ammermann, Que acudían al baile acompañadas por una pareja casada que eran amigos suyos o en compañía de un grupo de cuatro o seis. Mill, y las chicas como ella, sabían decir al milímetro cuánto bailarían cada noche y si hubieran bailado un poco más se habrían preguntado qué era lo que iba mal. Normalmente, la respuesta para las chicas como Mill era que algún marido joven se había peleado con su mujer y quería contárselo todo a Mill, que era tan buena amiga. Y tan comprensiva. Y nunca lo malinterpretaba si la achuchabas un poco. A veces, por supuesto, a Mill y las chicas como ella las achuchaban de verdad –alguien que hubiera bebido más de lo normal-. Por cruel que fuera, este sistema tenía algunas ventajas; en primer lugar, cuando una chica cumplía los veinticinco ya sabía perfectamente qué esperar de cada baile al que asistía. Sólo unas pocas chicas del tipo de Mill seguían yendo a un baile con la triste y estúpida esperanza de que aquél sería distinto de los demás. Y había otra regla no escrita ni hablada entre los hombres: si una chica de Gibbsville de éxito dudoso convencía a un hombre de fuera de la ciudad de que la acompañara a un baile del club, los hombres de Gibbsville se aseguraban de que pudiera lucirse todo lo posible. La sacaban a bailar dos veces en lugar de una; con el resultado de que todas, excepto las chicas realmente poco agraciadas, se casaban con hombres de fuera de la ciudad. Por supuesto, una vez casadas, sus días de patitos feos quedaban olvidados y perdonados y esas chicas ocupaban su lugar junto a las más populares. Pero tenían que casarse, no sólo comprometerse, daba igual que el hombre fuera un auténtico canalla, o estúpido, o mal vestido…, cualquier cosa, siempre que no fuera judío. Aunque tampoco es que ninguna chica de Gibbsville del grupo del club de campo de Lantenengo Street se hubiera casado nunca con un judío. No se habría atrevido.

“Cita en Samarra” de John O’Hara (pp.115-116)
(Traducción: Miguel Temprano)

domingo, 22 de agosto de 2010

'El original de Laura' de Vladimir Nabokov



“El original de Laura” es la novela en la que Vladimir Nabokov estaba trabajando antes de morir. No pudo terminarla y pidió a su mujer que quemara el manuscrito. Sin embargo, su mujer no se vio con fuerzas para destruirlo, tampoco lo hizo su hijo, que al final, treinta y tres años después de la muerte de su padre, ha decidido publicarlo. Es una cuestión moralmente peliaguda la de determinar si las obras inacabadas de escritores muertos deben publicarse o no. Es difícil posicionarse. El caso típico que suele citarse en este tipo de discusiones es el de Franz Kafka, que ordenó destruir prácticamente toda su obra, pero su amigo y editor, Max Brod, no le hizo caso, con la excusa de que si Kafka realmente no hubiera querido que se publicaran sus obras las habría quemado él mismo. Este argumento puede parecer pillado por los pelos o totalmente acertado, pero lo cierto es que, si Max Brod hubiera hecho caso a su amigo, nos habríamos perdido un conjunto de obras magníficas que han tenido una influencia destacadísima en la literatura posterior. Aún así, en el caso de las obras no terminadas de Kafka se trata de unas obras que, a pesar de quedar inacabadas, se sustentan por sí solas y tienen una calidad envidiable. Lamentablemente, con ‘El original de Laura’ no pasa lo mismo.

A estas alturas no creo que nos tengamos que llevar las manos a la cabeza porque la literatura se haya convertido en un negocio, pero también es verdad que hay negocios que son rastreros y otros que no lo son. Y vender “El original de Laura” como la novela inacabada de Nabokov es tener mucho morro, porque no es una novela a la que le falte un final y/o una revisión, sino que más bien es un conjunto de notas y borradores sueltos para una futura novela. En los fragmentos que constituyen “El original de Laura” encontramos una mujer, llamada Flora, que en la adolescencia tuvo un padrastro, llamado Hubert H. Hubert, que parece un primo lejano del Humbert Humbert de “Lolita”, pero menos atractivo, más grimoso y más inofensivo. Años después, encontramos a Flora casada por interés con un intelectual viejo y rico. Y como suele suceder en estas ocasiones, ella decide agenciarse una buena colección de amantes, uno de los cuales escribirá una novela sobre ella (camuflada bajo el nombre de Laura), que su marido leerá y así descubrirá sus infidelidades. Parece, pues, que “El original de Laura” toca temas recurrentes en la narrativa de Nabokov, como la infidelidad y el juego de espejos entre realidad y ficción. Aún así, con lo poco que dejó escrito Nabokov, es difícil imaginarnos por dónde habría tirado.

Nadie duda de que probablemente con este punto de partida, Nabokov, con tiempo, podría haber tirado adelante una buena novela, pero es que lo que tenemos son sólo los primeros garabatos. Además, el texto que nos ha llegado no debe llegar a más de unas treinta páginas. Así que para hincharlo hasta que llegue a las cien páginas de rigor para poder publicarlo en forma de libro, se ha optado por reproducir las fichas de archivador originales en las que Nabokov siempre solía escribir y debajo se ha impreso la traducción. Y por más que uno sea fan de Nabokov no puede evitar sentirse estafado al ver un truco tan burdo. Por supuesto que los fans encontraremos pasajes que muestran el estilo brillante de Nabokov, el talento que tenía para hacer magia con las palabras, la belleza poética que era capaz de crear a partir de las situaciones más prosaicas, pero aún así no nos compensará. A los seguidores nos puede servir como curiosidad (cada cuál ya decidirá si ésta es una curiosidad morbosa o no), pero para los que sólo han leído “Lolita” (o menos) quizás les pueda dar la opinión equivocada de Nabokov, como escritor de un solo libro, cuando no hay nada más lejos de la verdad. Antes que “El original de Laura” sería mejor adentrarse en cualquiera de las otras novelas de Nabokov: “Pálido fuego” para participar en un juego de metaficción delicioso, “Risa en la oscuridad” para presenciar una clásica historia de infidelidad con un humor de lo más cruel, “Pnin” para leer la historia de un pringado, o “La verdadera vida de Sebastián Knight” para aventurarse en una intriga irónica sobre identidades dobles.