
‘Vi de solitud’ es una novela de Irène Némirovsky profundamente autobiográfica. Es la historia de Hélène, una niña nacida en Russia, pero educada con una institutriz francesa, con una madre que sólo se preocupa por coleccionar amantes y en un padre que sólo se preocupa por ganar dinero y luego jugárselo a las cartas o en la bolsa. La niña odia a su madre e idolatra a su padre, aunque éste tampoco le hace mucho caso, así que crece faltada de afecto, porque la única persona que se lo da es su institutriz. Cuando pierde su institutriz, sólo le queda un gato que llegará un momento en que será el único ser que realmente querrá en el mundo.
No es una novela tan decepcionante como lo fue ‘El caso Kurilov’, pero aún así me ha sabido a poco. Le cuesta mucho arrancar. Al principio es realmente repetitiva y no avanza, parece que se va a pasar todo el rato hablando de lo desgraciadita que es Hélène y de lo mala que es su madre. Aún suerte que Hélène nunca se autocompadece y lo que hace es volverse una niña insensible, dura y cínica. Afortunadamente al final arranca y luego sí que se vuelve interesante de verdad. Se divide en cuatro partes: la primera pasa en casa de los abuelos en Ucraína, luego en la segunda se trasladan a San Petersburgo, después en la tercera tienen que huir de la revolución y se refugian momentáneamente en Finlandia, y finalmente la última pasa en Francia. La lástima es que no es hasta que llegan a Finlandia que la novela arranca de verdad.
En realidad es una novela que está muy bien escrita, con un estilo delicioso, como casi todo lo que escribe Némirovsky, pero el problema es que a mí me dio la sensación de que la historia de una niña que odia a su madre y quiere vengarse de ella Némirovsky ya me la había explicado antes en ‘El baile’ y lo había hecho de una forma más concisa y acertada, y en definitiva mejor. Aún así hay detalles realmente brillantes, sobre todo los que se refieren a la decadencia del mundo en que vive Hélène: como la podredumbre de las aguas de San Petersburgo, o el hecho de que tengan tanto dinero que lo utilicen para rellenar cojines y luego, cuando pierde valor, lo dejan tirado por el suelo. Y luego, como contraste, está Finlandia, con su nieve blanca, que es lo más parecido a la felicidad que sentirá Hélène.
No es una novela tan decepcionante como lo fue ‘El caso Kurilov’, pero aún así me ha sabido a poco. Le cuesta mucho arrancar. Al principio es realmente repetitiva y no avanza, parece que se va a pasar todo el rato hablando de lo desgraciadita que es Hélène y de lo mala que es su madre. Aún suerte que Hélène nunca se autocompadece y lo que hace es volverse una niña insensible, dura y cínica. Afortunadamente al final arranca y luego sí que se vuelve interesante de verdad. Se divide en cuatro partes: la primera pasa en casa de los abuelos en Ucraína, luego en la segunda se trasladan a San Petersburgo, después en la tercera tienen que huir de la revolución y se refugian momentáneamente en Finlandia, y finalmente la última pasa en Francia. La lástima es que no es hasta que llegan a Finlandia que la novela arranca de verdad.
En realidad es una novela que está muy bien escrita, con un estilo delicioso, como casi todo lo que escribe Némirovsky, pero el problema es que a mí me dio la sensación de que la historia de una niña que odia a su madre y quiere vengarse de ella Némirovsky ya me la había explicado antes en ‘El baile’ y lo había hecho de una forma más concisa y acertada, y en definitiva mejor. Aún así hay detalles realmente brillantes, sobre todo los que se refieren a la decadencia del mundo en que vive Hélène: como la podredumbre de las aguas de San Petersburgo, o el hecho de que tengan tanto dinero que lo utilicen para rellenar cojines y luego, cuando pierde valor, lo dejan tirado por el suelo. Y luego, como contraste, está Finlandia, con su nieve blanca, que es lo más parecido a la felicidad que sentirá Hélène.














